He leído otros blogs de gente que, cuando empieza una historia, la termina. O al menos pasa bastante tiempo con ella, alimentándola, viendo cómo crece a base de esfuerzo. Pero las historias son como las personas: nacen, crecen y mueren. Algunas mueren jóvenes. Otras, viejas. Pero nunca nos dejan... al menos, no a mí.
Quiero recordar todas las historias que he dejado abandonadas. Son montones, lo digo de antemano. Pero que montones. Y ya son incontables todos esos flashes que han aparecido en mi cabeza y luego se han ido, sin que quedara rastro de ellos. Sin embargo, todas han pasado por mí. Todas llevan pedacitos de mí. Pedazos, pedazos en los que me rompo.
Me pregunto por qué leemos. Y aún más profundamente, por qué escribimos.
¿Leemos para conocer nuevos mundos, para viajar a otros lugares?
No.
¿Leemos para ser quienes no somos?
Sí, eso sí.
La humanidad es curiosa. Tiende a desear lo que no tiene. Y por eso leemos.
Leyendo, nos convertimos en quienes no somos.
Nos olvidamos de nosotros mismos.
Olvidamos que nuestros problemas son reales.
¿Y para qué escribimos? ¿Lo hacemos para ganar concursos, para recibir dinero, para impresionar a los demás?
No.
¿Escribimos para desahogarnos?
Es posible.
¿Escribimos para no morirnos por dentro?
Sí, esa es la respuesta.
Al menos en mi caso.
No hay comentarios:
Publicar un comentario