Allá arriba hay un cielo,
un cielo en el que creí,
una promesa teñida de sangre.
Demasiado color.
La luna se ha partido en dos
y sus fragmentos han roto las estrellas.
Nunca creí que pudieran llorar tanto.
Pero lo hacen.
Con saña, a navajazo limpio,
rasgando los oídos de los que un día quisimos
ser nosotros.
No queda nada, ni nadie.
Todos se han muerto a la vez.
No recuerdo cómo empezó,
si fue un miedo, o una ilusión,
pero ya es tarde para saberlo o arreglarlo.
Todos se han muerto a la vez,
y yo me estoy muriendo sola,
todavía grito, pero no escucho nada,
porque no hay nadie ahí que me oiga.
Sangro y mi cuerpo se vacía.
Las heridas se reabren, me duelen
las costillas.
Algo me acertó en el pecho,
un golpe rápido, quedo, amargo y ligero.
Todavía lo recuerdo.
Eran días de cielo azul,
de venas cerradas.